
Cuernavaca, Morelos, 02 de Septiembre de 2008.
El encuentro de dos Méxicos
por: Jimena Batschelet
Una marcha silenciosa que une pedacitos del México que conocemos. La sola voz que emerge del México de contrastes y que tiene exclusivamente una cosa en común; miedo.
Es un llamado de atención que a gritos exige la renuncia de quienes “no pueden” en un recorrido afónico. La incertidumbre predomina, pero la esperanza es más fuerte en este reclamo de seguridad.
Este sábado 31 de Agosto miles de personas participaron, en la ciudad de Cuernavaca, en la marcha por la seguridad. La cita fue en el supermercado “Mega” de Casino de la Selva, desde donde el contingente marchó con rumbo a La Plaza de Armas capitalina.
En sus marcas ¿listos?...
18:30 Al llegar al punto de reunión en el estacionamiento del supermercado, se observan centenares de personas reunidas en diferentes filas y en perfecto orden, con ellas, se encuentran también cuerpos de seguridad y ambulancias del gobierno del estado de Morelos; alertas en caso de cualquier situación. No se puede sentir más que el reclamo de una sociedad civil exhausta de la falta de seguridad en el país. Sin embargo, se aprecia un poco de esperanza tras las vestimentas blancas y las velas, que ahora permanecen apagadas, pero que se encenderán en cualquier momento. -Parafraseando a Samuel Johnson, un escritor inglés- es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción. Esa sensación es precisamente la que se vivía esa tarde soleada y cálida.
Los participantes parecen de clase acomodada, muchos usan ropa de conocidas marcas y hablan por sus celulares para encontrarse entre la multitud. Algunos organizadores se distinguen por tener un altavoz colgado del cuello, resulta un tanto irónico ya que es una marcha silenciosa. Pero eso del silencio no impide la falta de comunicación, pues la cobertura mediática del evento es total.
A las 18:58, la primera línea de personas está lista para salir, la camioneta anaranjada de la estación radiofónica “exa” escolta la salida y prontamente cede el lugar a un vehículo de Protección Civil. Las miradas se pierden de frente, la luz del ocaso y el calor humano motiva a los marchantes a dar pasos seguros y firmes. “Lo importante es que estamos aquí, es terrible lo que se está viviendo en este país” dijo una española que está en Cuernavaca de visita una temporada, su nieto, mexicano de 7 años, agregó inocentemente: “Ya no se puede salir a la calle sin que a uno lo maten”.
Los primeros reportes hablan de centenares de personas recorriendo la calle Leandro Valle, uno de los organizadores de la marcha murmuró que calculaban la participación de más de 10,000 participantes. Los vecinos, asomaban la cabeza por la ventana sorprendidos de ver a tanta gente caminando tan sigilosamente.
El calor del otoño morelense es agudo. Las calles están tomadas y de pronto el silencio aburre a los marchantes, entre pláticas de inseguridad, política y moda, todo parece perder el sentido. Pero el impacto causado por la cantidad de gente caminando en una misma dirección deja a un lado el cuchicheo de las personas.
¡El desorden también es violencia!
Son las 19:05 cuando se hace un pequeño alto en la caminata, los participantes preguntan la razón del detenimiento. Alguien murmura que para causar impacto, se deberían hacer cuarenta minutos de marcha, y a ese paso veloz se llegaría en quince. Una pareja, que no quiso revelar su identidad, dijo: “Vinimos a la marcha por problemas, ya sabes, no es posible que uno no pueda salir a la calle. Es la primera ocasión que salimos y nos sentimos seguros” mientras caminaba entre las primeras filas. Los altos son esporádicos durante la caminata, es necesario esperar a quienes se quedan atrás. Es una gran oportunidad para los periodistas, que aprovechan cada azotea para obtener las fotos del momento. Después de haberse detenido varias veces, la multitud buscaba seguir caminando sin freno alguno, de pronto, un contingente organizador de la marcha grita, “¡Alto, el desorden también es violencia! manténganse en sus filas” inconformes todos, siguieron el paso de tortuga nuevamente.
Son las 19:15 cuando sale la segunda fila del Centro comercial y cuatro filas más esperan tras ésta. El murmullo en la primera línea es constante, ahora se cuenta con gran impresión que los maestros accedieron a abrirse para que la marcha transitara. Los flashes de las cámaras destellan sin parar, un hombre grita desde atrás “¡No posen para las cámaras!” aunque para muchos su comentario estuvo de sobra. Una viejita, con un collarín en el cuello, observa atentamente la marcha desde su balcón, está vestida de blanco en señal de apoyo a la sociedad civil que se manifiesta.
19:25 En cada intersección de calle se unen alrededor de cincuenta personas. Generando disgustos para quienes buscan conservar su lugar en las primeras filas. El cielo está abierto pero con algunas nubes negras en la lejanía. Girando un poco la mirada, en lo alto de un edificio de la calle Felipe Neri, se asoma una señora mayor por su ventana desde donde ondea una bandera blanca, esto hace que los sentimientos de algunos testigos se pongan a flor de piel.
Cinco minutos habían pasado cuando la marcha cruzaba por la calle Madero. El silencio es olvidado completamente mientras la calle se ensancha permitiendo que las personas se relajen un poco.
Portando una hoja en blanco con el mensaje “no más violencia” un señor, de la mano de su esposa, dice: “Que no haya violencia para quienes estamos heredando esto, que son nuestros hijos, que no les formemos un espacio de violencia a nuestros hijos, a las futuras generaciones.” Al ser cuestionado para saber si había sufrido algún tipo de violencia alguna vez; este señor, cuya identidad permanece en el anonimato, respondió: “…no, ninguna gracias a Dios ninguna, pero me he dado cuenta de la situación y no quisiera sufrir”. Dijo esto mientras caminaba a la altura del “castillito”, bajo la iglesia del Calvario en donde muchos fotógrafos y camarógrafos documentaban la marcha en compañía del escuadrón de rescate y los servicios médicos.
Son las 19:40 cuando el encuentro silencioso por la seguridad se convierte en un evento social, en donde las algunas personas aceleran o frenan el paso para encontrarse con conocidos y actualizarse acerca del entorno social de la ciudad. La noche comienza a caer y las luces de la capital se encienden una a una. Los comercios de la calle Matamoros están desiertos y los empleados no hacen más que ver sorprendidos a la multitud caminando rumbo al zócalo. “¡Ya vamos más p´allá que p´acá!” decían algunos.
¿Una misma voz?
A las 20:00, se reparten algunas velas y se le informa a la multitud que se encenderán durante la entonación del himno nacional. Mientras tanto, la marcha camina entre los maestros que están plantados en el zócalo desde hace ya varias semanas deseando que no les quiten la plaza a sus hijos. Ellos prendieron su vela de manera extemporánea, cuando la multitud pasaba entre sus carpas. Es ahora cuando se funden los dos Méxicos, pobres y ricos. Pobres luchando por un trabajo para sus hijos y ricos combatiendo el secuestro de los suyos. Una ironía que se conjunta en una sola palabra: Miedo. Temor al secuestro y al desempleo.
Son las 20:10 cuando las primeras filas entran al zócalo, algunos peatones caminan vestidos de negro llamando la atención de muchos. Son “Darks”, grupo colectivos urbanos, que se unen junto con los ricos y pobres a cantar el himno de un México de contrastes.
Ahora es el comienzo del fin, son las 20:25, la Plaza de Armas está llena de personas y sobre ellas ondea la bandera nacional a toda asta, el edificio está iluminado en color verde. Las personas comienzan a compartir la luz de sus velas y las luces del edificio se apagan completamente. La luz de las velas encendidas basta para iluminar toda el área. A las 20:30 exactamente, la multitud entona el himno nacional mexicano, pero sólo las estrofas más populares. Cuando se termina el himno, los gritos no se hicieron esperar: “México quiere paz”, “Sí se puede”, “Unidos por la paz” y “Si no pueden renuncien” fueron algunas de las exclamaciones que la multitud repetía mientras la Plaza de Armas se iluminaba nuevamente de varios colores.
Es aquí cuando el México de contrastes, que por un instante se hizo uno mismo, vuelve a su normalidad. Los marchantes regresan nuevamente a sus cómodas casas esperando impacientes la lectura del diario del domingo y los maestros vuelven a sus carpas en donde esperan el cumplimiento a sus demandas. Las velas, ahora apagadas, son abandonadas alrededor del hasta bandera. Finalmente, lo que había sido una marcha silenciosa se convirtió rápidamente en un bullicio, donde personas se empujan impacientes para salir de la plaza, algunos quizás con la esperanza de que esta marcha sirva de algo, pues es necesario esperar y aunque la esperanza haya de verse frustrada y con fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción.
El encuentro de dos Méxicos
por: Jimena Batschelet
Una marcha silenciosa que une pedacitos del México que conocemos. La sola voz que emerge del México de contrastes y que tiene exclusivamente una cosa en común; miedo.
Es un llamado de atención que a gritos exige la renuncia de quienes “no pueden” en un recorrido afónico. La incertidumbre predomina, pero la esperanza es más fuerte en este reclamo de seguridad.
Este sábado 31 de Agosto miles de personas participaron, en la ciudad de Cuernavaca, en la marcha por la seguridad. La cita fue en el supermercado “Mega” de Casino de la Selva, desde donde el contingente marchó con rumbo a La Plaza de Armas capitalina.
En sus marcas ¿listos?...
18:30 Al llegar al punto de reunión en el estacionamiento del supermercado, se observan centenares de personas reunidas en diferentes filas y en perfecto orden, con ellas, se encuentran también cuerpos de seguridad y ambulancias del gobierno del estado de Morelos; alertas en caso de cualquier situación. No se puede sentir más que el reclamo de una sociedad civil exhausta de la falta de seguridad en el país. Sin embargo, se aprecia un poco de esperanza tras las vestimentas blancas y las velas, que ahora permanecen apagadas, pero que se encenderán en cualquier momento. -Parafraseando a Samuel Johnson, un escritor inglés- es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción. Esa sensación es precisamente la que se vivía esa tarde soleada y cálida.
Los participantes parecen de clase acomodada, muchos usan ropa de conocidas marcas y hablan por sus celulares para encontrarse entre la multitud. Algunos organizadores se distinguen por tener un altavoz colgado del cuello, resulta un tanto irónico ya que es una marcha silenciosa. Pero eso del silencio no impide la falta de comunicación, pues la cobertura mediática del evento es total.
A las 18:58, la primera línea de personas está lista para salir, la camioneta anaranjada de la estación radiofónica “exa” escolta la salida y prontamente cede el lugar a un vehículo de Protección Civil. Las miradas se pierden de frente, la luz del ocaso y el calor humano motiva a los marchantes a dar pasos seguros y firmes. “Lo importante es que estamos aquí, es terrible lo que se está viviendo en este país” dijo una española que está en Cuernavaca de visita una temporada, su nieto, mexicano de 7 años, agregó inocentemente: “Ya no se puede salir a la calle sin que a uno lo maten”.
Los primeros reportes hablan de centenares de personas recorriendo la calle Leandro Valle, uno de los organizadores de la marcha murmuró que calculaban la participación de más de 10,000 participantes. Los vecinos, asomaban la cabeza por la ventana sorprendidos de ver a tanta gente caminando tan sigilosamente.
El calor del otoño morelense es agudo. Las calles están tomadas y de pronto el silencio aburre a los marchantes, entre pláticas de inseguridad, política y moda, todo parece perder el sentido. Pero el impacto causado por la cantidad de gente caminando en una misma dirección deja a un lado el cuchicheo de las personas.
¡El desorden también es violencia!
Son las 19:05 cuando se hace un pequeño alto en la caminata, los participantes preguntan la razón del detenimiento. Alguien murmura que para causar impacto, se deberían hacer cuarenta minutos de marcha, y a ese paso veloz se llegaría en quince. Una pareja, que no quiso revelar su identidad, dijo: “Vinimos a la marcha por problemas, ya sabes, no es posible que uno no pueda salir a la calle. Es la primera ocasión que salimos y nos sentimos seguros” mientras caminaba entre las primeras filas. Los altos son esporádicos durante la caminata, es necesario esperar a quienes se quedan atrás. Es una gran oportunidad para los periodistas, que aprovechan cada azotea para obtener las fotos del momento. Después de haberse detenido varias veces, la multitud buscaba seguir caminando sin freno alguno, de pronto, un contingente organizador de la marcha grita, “¡Alto, el desorden también es violencia! manténganse en sus filas” inconformes todos, siguieron el paso de tortuga nuevamente.
Son las 19:15 cuando sale la segunda fila del Centro comercial y cuatro filas más esperan tras ésta. El murmullo en la primera línea es constante, ahora se cuenta con gran impresión que los maestros accedieron a abrirse para que la marcha transitara. Los flashes de las cámaras destellan sin parar, un hombre grita desde atrás “¡No posen para las cámaras!” aunque para muchos su comentario estuvo de sobra. Una viejita, con un collarín en el cuello, observa atentamente la marcha desde su balcón, está vestida de blanco en señal de apoyo a la sociedad civil que se manifiesta.
19:25 En cada intersección de calle se unen alrededor de cincuenta personas. Generando disgustos para quienes buscan conservar su lugar en las primeras filas. El cielo está abierto pero con algunas nubes negras en la lejanía. Girando un poco la mirada, en lo alto de un edificio de la calle Felipe Neri, se asoma una señora mayor por su ventana desde donde ondea una bandera blanca, esto hace que los sentimientos de algunos testigos se pongan a flor de piel.
Cinco minutos habían pasado cuando la marcha cruzaba por la calle Madero. El silencio es olvidado completamente mientras la calle se ensancha permitiendo que las personas se relajen un poco.
Portando una hoja en blanco con el mensaje “no más violencia” un señor, de la mano de su esposa, dice: “Que no haya violencia para quienes estamos heredando esto, que son nuestros hijos, que no les formemos un espacio de violencia a nuestros hijos, a las futuras generaciones.” Al ser cuestionado para saber si había sufrido algún tipo de violencia alguna vez; este señor, cuya identidad permanece en el anonimato, respondió: “…no, ninguna gracias a Dios ninguna, pero me he dado cuenta de la situación y no quisiera sufrir”. Dijo esto mientras caminaba a la altura del “castillito”, bajo la iglesia del Calvario en donde muchos fotógrafos y camarógrafos documentaban la marcha en compañía del escuadrón de rescate y los servicios médicos.
Son las 19:40 cuando el encuentro silencioso por la seguridad se convierte en un evento social, en donde las algunas personas aceleran o frenan el paso para encontrarse con conocidos y actualizarse acerca del entorno social de la ciudad. La noche comienza a caer y las luces de la capital se encienden una a una. Los comercios de la calle Matamoros están desiertos y los empleados no hacen más que ver sorprendidos a la multitud caminando rumbo al zócalo. “¡Ya vamos más p´allá que p´acá!” decían algunos.
¿Una misma voz?
A las 20:00, se reparten algunas velas y se le informa a la multitud que se encenderán durante la entonación del himno nacional. Mientras tanto, la marcha camina entre los maestros que están plantados en el zócalo desde hace ya varias semanas deseando que no les quiten la plaza a sus hijos. Ellos prendieron su vela de manera extemporánea, cuando la multitud pasaba entre sus carpas. Es ahora cuando se funden los dos Méxicos, pobres y ricos. Pobres luchando por un trabajo para sus hijos y ricos combatiendo el secuestro de los suyos. Una ironía que se conjunta en una sola palabra: Miedo. Temor al secuestro y al desempleo.
Son las 20:10 cuando las primeras filas entran al zócalo, algunos peatones caminan vestidos de negro llamando la atención de muchos. Son “Darks”, grupo colectivos urbanos, que se unen junto con los ricos y pobres a cantar el himno de un México de contrastes.
Ahora es el comienzo del fin, son las 20:25, la Plaza de Armas está llena de personas y sobre ellas ondea la bandera nacional a toda asta, el edificio está iluminado en color verde. Las personas comienzan a compartir la luz de sus velas y las luces del edificio se apagan completamente. La luz de las velas encendidas basta para iluminar toda el área. A las 20:30 exactamente, la multitud entona el himno nacional mexicano, pero sólo las estrofas más populares. Cuando se termina el himno, los gritos no se hicieron esperar: “México quiere paz”, “Sí se puede”, “Unidos por la paz” y “Si no pueden renuncien” fueron algunas de las exclamaciones que la multitud repetía mientras la Plaza de Armas se iluminaba nuevamente de varios colores.
Es aquí cuando el México de contrastes, que por un instante se hizo uno mismo, vuelve a su normalidad. Los marchantes regresan nuevamente a sus cómodas casas esperando impacientes la lectura del diario del domingo y los maestros vuelven a sus carpas en donde esperan el cumplimiento a sus demandas. Las velas, ahora apagadas, son abandonadas alrededor del hasta bandera. Finalmente, lo que había sido una marcha silenciosa se convirtió rápidamente en un bullicio, donde personas se empujan impacientes para salir de la plaza, algunos quizás con la esperanza de que esta marcha sirva de algo, pues es necesario esperar y aunque la esperanza haya de verse frustrada y con fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción.
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